Replanteando el derecho a la intolerancia

En su segunda acepción, el diccionario de la Real Academia Española define tolerar como “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”, mientras que Wikipedia define tolerancia (social) como “el grado de aceptación frente a un elemento contrario a una regla moral”. En sí mismas, estas definiciones no son sinónimo de indiferencia o indolencia, por lo que se asume que son una actitud deliberada frente a hechos concretos como la diversidad de carácter y pensamiento dentro de una sociedad. Tampoco equivale a impotencia, en el sentido de aguantar lo que no se puede cambiar. Así que la tolerancia se puede definir como una actitud de respeto de un individuo hacia aquello en la sociedad que es diferente a su criterio personal de ética y moral.

Hasta aquí no hay objeción a nada: el respeto al derecho ajeno, la innegable heterogeneidad de los grupos sociales, la libertad de expresión y de pensamiento, la premisa de que, con el límite de los derechos ajenos, el individuo es libre de hacer con su vida lo que le plazca, todo es aceptable dentro de la definición de tolerancia. El problema está en querer incluir aquí lo que está más allá de los derechos individuales, que es abiertamente contrario a las normas y las leyes, que se proclama como derecho pisoteando los derechos de los demás, y que es simple y llanamente intolerable. Y aunque la deformación del lenguaje hacia lo “políticamente correcto” quiera incluir ciertas actitudes dentro del concepto de tolerancia, terminan definiendo justamente aquello que, al comenzar este artículo, aclaré que no eran sinónimos: indiferencia, indolencia e impotencia.

Como dije antes, hablo desde mi punto de vista de ciudadano común y corriente; así que pongamos un ejemplo muy cotidiano: el ruido. Oír música está dentro de los derechos individuales protegidos por la Constitución, pero como en una sociedad de derecho todo está regulado por leyes y normas, hay límites y criterios basados en el sentido común y en el respeto de los derechos de los demás frente a los derechos del individuo. Es decir que para lo que afecte a los demás hay normas, lugares, horarios, etc. Entonces, ¿cómo definen los medios o las autoridades una reyerta entre vecinos por un caso de música a todo volumen a altas horas de la noche? Como un problema de intolerancia. Que si la autoridad local no es capaz de hacer su trabajo e imponer orden, se convierte en un problema de indolencia (o incompetencia). Y si la gente no puede hacer nada para solucionarlo, termina siendo un problema de impotencia.

Hay quienes dicen que nada ni nadie puede imponer límites a las libertades individuales. Por ejemplo, en Bogotá, hay una norma que impide la circulación de vehículos en ciertos días según el último número de su placa. Los anarquistas y ultradefensores de las libertades aseguran que es una norma represora y anticonstitucional, que refleja más la incompetencia del gobierno local en mejorar la movilidad urbana. También podrían argumentar que la Constitución permite por ejemplo, que todo ciudadano colombiano puede irse a vivir a San Andrés porque simple y llanamente es territorio colombiano, aunque la realidad y el sentido común imponen unos límites no deseables si un número suficiente de ciudadanos decide ejercer tal derecho constitucional. Muy curioso es que quienes quieran pasarse los límites del sentido común y el derecho ajeno lo hagan invocando el derecho a la tolerancia. Volviendo al ruido, son muchos los problemas que generan al respecto las iglesias cristianas (sobre todo aquellas “de garaje”), pero son las primeras en invocar el derecho a la tolerancia (siempre que no empiecen por el derecho a la libertad religiosa). Porque todo el mundo sabe que estar en contra de una iglesia ruidosa es estar en contra de la libertad de culto, o que no es posible exigir el respeto a las normas sin pisotear los derechos individuales.

Otro despropósito del lenguaje políticamente correcto es llamar a ciertos lugares donde impera la impotencia, la indolencia, la incompetencia y la inconsciencia de una sociedad justamente como “zonas de tolerancia”. Cada vez que oigo hablar de faltas de respeto a las normas y las leyes donde no toca como “falta de tolerancia”, me digo: “no sabía que esta era una zona de tolerancia”. Posiblemente sea lo que haga falta: dividir a la sociedad en zonas de tolerancia para cada tipo de libertad individual que se quiera ejercitar. Que quien guste del ruido se cree su propio guetto con la apología musical a la felonía que prefiera a todo volumen. Que si sólo el individuo es dueño de su propio cuerpo y quiera hacer de su capa un sayo y de su trasero una piñata, pues que dentro de su área de “tolerancia” se quede. Y que dejen en paz a los demás, que para algo tiene que valer la tiranía de las mayorías en que se ha convertido el chiste llamado democracia. ¿O la mayoría son ellos?

A veces es más fácil sacar lo peor que lo mejor de la gente. Por ejemplo, revisando el tema de las enciclopedias en línea, me encuentro con una que por muy radical, absurda, delirante y hasta ridícula que parezca, por causa del exceso de “tolerancia” no deja de ser cuanto menos intrigante: la Metapedia (enlazo a Google y no a la página principal por aquello de no incluir enlaces a sitios apologistas del odio y cosas por el estilo). Es un sitio al que muchos definen como la “Wikipedia nazi”, una enciclopedia apologista del fascismo, el racismo, el antisionismo y otros prejuicios que pueden ser definidos como intolerancia. De hecho, son la verdadera intolerancia, pero al menos se esmeran en sus justificaciones elaboradas dentro de la lógica y el sentido común (otra cosa es cuando apelan a argumentos como el “orden divino de las razas” y similares). Para evitar ser malinterpretado, veamos un ejemplo.

Los vecinos ruidosos son mal común en casi todo el mundo, y por supuesto España no es la excepción. Y si encima llega gente de fuera que, en lugar de hacer lo que vieres a la tierra que fueres, decide importar su propio sentido del “orden” y el civismo de la tierra que viene, pues pasa lo que tiene que pasar. Y si parece normal exigir el respeto básico a las normas de la sociedad de la que se pretende hacer parte, se invoca de inmediato el racismo y la intolerancia (hubiera querido no buscar entre material apologista de nada, pero no tuve opción). Seguramente porque es una cuestión racial: hay razas que respetan las normas y razas que no. Ahora, cuando se puede ver todo eso sin salir de la cuadra (y todo en nombre de la tolerancia), es porque algo anda muy mal. La tolerancia no es carta blanca para nada. Tampoco las normas y las leyes son un capricho, sino que están justamente para hacer valer los derechos individuales. El equilibrio entre libertades y leyes forma lo que se conoce como convivencia: puedo hacer lo que mis derechos me permiten dentro del límite del respeto a las leyes y los derechos de los demás. ¿En verdad es tan difícil de entender?

Para terminar (porque se me fue la mano con el artículo pero no voy a recortar nada), quiero preguntar cómo se evita que la tolerancia se convierta en indiferencia o impotencia. Muchos pueden decir que semejante actitud proviene de creer que uno vive en una torre de marfil color rosa, donde la basura va en las canecas y los postes no son letrinas públicas. Pues si el gobierno elegido por el pueblo no tiene suficiente fuerza coercitiva para hacer valer las normas y las leyes (es decir, para hacer valer los derechos del pueblo que les dio mandato), entonces que quienes quieran trasgredir dichas normas creen su propia “zona” en donde todo valga en nombre de la tolerancia. Y que se mantengan allí y sólo allí, respetando a los demás el derecho a la intolerancia con lo intolerable.

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2 thoughts on “Replanteando el derecho a la intolerancia

  1. […] Si empelotarse para protestar por algo es tan simbólico como inútil (por muy de moda que esté), siempre queda el otro extremo de la papa-bomba o agarrar fusil en mano camino al monte. Si recurrir a la policía u otra autoridad simbólica es igual o menos efectivo que hacer justicia por cuenta propia, la opción que haga más ruido será la elegida. Y cosas simbólicas como el perdón y la reconciliación pueden ayudar a crear la ilusión de paz, pero técnicamente equivalen a la indulgencia y el olvido. A la tolerancia. […]

  2. […] Para decir algo se puede optar por decirlo decentemente, o como en la sección de comentarios de cualquier medio digital nacional, sobre todo si el tema es controvertido. Si empelotarse para protestar por algo es tan simbólico como inútil (por muy de moda que esté), siempre queda el otro extremo de la papa-bomba o agarrar fusil en mano camino al monte. Si recurrir a la policía u otra autoridad simbólica es igual o menos efectivo que hacer justicia por cuenta propia, la opción que haga más ruido será la elegida. Y cosas simbólicas como el perdón y la reconciliación pueden ayudar a crear la ilusión de paz, pero técnicamente equivalen a la indulgencia y el olvido. A la tolerancia. […]

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