Soberanía alimentaria, documentales y otras yerbas

El pasado 12 de agosto, el columnista Dharmadeva del diario El Espectador publicó una columna que ha iniciado un debate en la web acerca de la agricultura transgénica y la soberanía alimentaria. La columna habla sobre la imposición del Estado a los agricultores de la obligación de sembrar sólo semillas producidas por empresas multinacionales, y de la prohibición de la consuetudinaria costumbre de almacenar grano para siembra, por cuenta de la firma reciente de varios tratados de libre comercio, en especial con EE.UU.

Este debate, inexistente para los medios de comunicación masiva, como era de esperarse, se ha polarizado entre quienes atacan el modelo agrocapitalista de las multinacionales y quienes lo defienden ridiculizando a los eco-hippies e idólatras de la Madre Tierra. Una guerra verbal entre defensores de los derechos de los agricultores y los partidarios del desarrollo económico; unos llamando ecoterroristas de izquierda a los otros, y éstos capitalistas serviles del imperio a aquellos. En el medio, la verdad y el meollo del asunto esperando un ganador.

Contexto. Si hay que decir algo impactante hoy en día se hace al estilo de Michael Moore: con un documental. Al parecer el punto de partida de la discusión fue el documental 9.70, alusivo a la resolución 970 de 2010 del ICA:

El documental cuenta una historia predecible y conocida: la historia de cómo un grupo de empresas multinacionales desarrollan un monopolio del mercado agrícola basado en la agricultura transgénica y la eliminación de la competencia. Este documental parece la versión colombiana de Food Inc, otro muy famoso que muestra desde los propios EE.UU. las consecuencias de la agricultura sometida al monopolio de las mismas empresas que al parecer quieren implantarlo en Colombia (sobre todo al final):

Otro episodio dialéctico más entre quienes denuncian las intenciones de las multinacionales y éstas defendiéndose con su publicidad y el apoyo del Estado y los medios, sin que sea posible parecer objetivo. En este caso, hoy en día es imposible no asociar expresiones como soberanía alimentaria a la versión contemporánea del disco rayado del discurso socialista. Y menos en un país con más territorio que soberanía, y donde ésta no se encuentra en este país. Y donde el concepto de nación sólo existe cuando algún deportista gana algo en el exterior, y no para ser consciente de lo que es o lo que produce la “tierrita”.

Se dice que Colombia es uno de los países más ricos del mundo en biodiversidad, pero si de esa riqueza quitamos lo que de algún modo se pueda cotizar en bolsa, entonces el país es prácticamente estéril. Porque al fin y al cabo, las semillas transgénicas de la discordia no se producen aquí, y el resto de nuestra agricultura también es importado. El café, el producto bandera, fue traído de Abisinia. El arroz, dicen, es de China o India. El maíz, de México. Así que los trolls de patentes transgénicas dirán que no tenemos derecho a crear un inventario de la riqueza agrícola de la nación (o el derecho a decir que la riqueza de una nación pertenezca a su pueblo) porque no tenemos especies colombianas de nada. Si acaso, la papa.

Estamos de acuerdo en que no es razonable oponerse a la agricultura transgénica porque sí, aunque quieran compararla con la propiedad intelectual, caldo de cultivo de los trolls de patentes. Porque en esta discusión no falta quien pretenda que todo lo que sea rentable es patentable, desde los rectángulos con esquinas redondeadas hasta la genética mendeliana. Toda la vida se han hecho injertos, cruces y semillas híbridas de todo tipo para producir nuevas especies y mejorar las cosechas, así que arte previo existe.

¿Entonces en qué consisten las patentes transgénicas? Se suponen que son para producir especies resistentes a condiciones que de otro modo obligarían a usar pesticidas o aumentar el consumo de agua para su cultivo, por ejemplo. Lo de prohibir tener grano de siembra no lo entiendo; se supone que las semillas genéticamente modificadas son estériles precisamente para que el agricultor tenga que comprar para cada cosecha. Reprochable pero obvio. Si hay que pagar por la comida es porque es negocio, no altruismo, dirán algunos.

Si todo esto es tan rentable como obvio, entonces cabe una pregunta: ¿por qué nunca lo ha hecho la Nación? ¿Por qué un carnaval es más parte del patrimonio nacional que lo mejor de la simiente de esta tierra? ¿Por qué tanto orgullo de ser “reserva de la biósfera” y entender el libre comercio como la obligación de exportar café para luego importar más café con qué suplir la demanda interna? ¿Por qué un país que puede producir de todo se expone a una crisis alimentaria por algo tan ajeno a la calidad del suelo como la especulación con los precios? ¿Algún día tendremos que importar agua? ¿Agua patentada y mejorada?

Mal vamos si aparte de importar semilla estéril también importamos las costumbres de ciertos países donde se tira la leche o se quema el trigo para que el precio no baje. Porque sin soberanía alimentaria, un país se expone a entender de la peor manera posible que, por mucha rentabilidad, mucha patente y mucha propiedad intelectual, y por muy neohippie que suene, que el dinero no se come.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s