Mundo de tercera, país de quinta (I)

Para referirse a este país (y casi a cualquiera al sur del río Grande), la expresión “república bananera” esta demasiado trillada. Es insuficiente para definir a una sociedad indolente, carente de civismo y solidaridad, conformista, egoísta, perezosa, cortoplacista y mediocre. Incluso no faltará quien reivindique la “banana republic” como motivo de orgullo, como pasó con otras expresiones.

También se ha vuelto aburrido el juego de encontrar las diferencias entre nuestros países y aquellos que pasaron de estar destruidos por las guerras a ser potencias mundiales. Tampoco sorprende ya la actitud de barrer bajo la alfombra escondiendo la realidad con mentalidad de agencia de viajes, creyendo que tres cordilleras o costa sobre dos mares son la verdadera cara de este país. Por ejemplo, estuvo de moda decir que Colombia es el país más feliz del mundo. Aunque sólo sea por encuestas sin valor ni fundamento, porque en estudios con mejores criterios, “the best vividero of the world” no sale tan bien librado. Pensando con la lógica de quienes se lo creen para negar la realidad, si este es el país más feliz del mundo, sólo hay una conclusión posible: la ignorancia es la felicidad.

Hay quienes se preguntan cómo es la vida en otras sociedades y por alguna razón desarrollan un sentido crítico hacia el mundo que los rodea, al punto de sentirse extranjeros en su propia tierra. Y a punta de ver todos los días la misma actitud de quienes conforman esta sociedad, incluso llegan a la conclusión de que los habitantes del país en cuestión son felices así. Si nadie hace nada por cambiar las cosas, si nadie cree que lo que hace afecta a los demás, si los lugareños creen innecesario el concepto de civismo, si en esta mal llamada democracia el pueblo produce la misma clase de políticos y cada cuatro años los elige, entonces esa es la norma, no la excepción.

Así son las cosas, y quien crea lo contrario lo mejor que puede hacer es irse. Habrá quienes digan que “los buenos somos más”, pero bien pueden ser la mitad más uno: estadísticamente cierto pero sin valor si no se demuestra. Habrá quienes marchen y hagan ruido con pitos y cacerolas para dar la impresión de que no es cierto, pero en el fondo la gente, toda la gente, es feliz con las cosas como son. A la hora de hacer algo de verdad, a la hora de votar, de boicotear, de dejar de apoyar al sistema, la gente prefiere seguir como está. Y eso, a un extranjero en todas partes, no deja de parecerle raro.

Eso es lo que me trae aquí. Como parte de la terapia ocupacional en que he decidido enfocar este blog, quiero relatar esas cosas extrañas que simplemente creo que son la prueba de que algo no está funcionando bien. Hago una reseña de varias cosas a la vez, que por separado no darían para una entrada entera para cada una (como dije antes, es aburridísimo hablar de lo que todo el mundo sabe pero que a nadie le importa). Y quiero hacerlo desde el punto de vista de alguien que acabara de llegar a esta ciudad, este país o este mundo de tercera. Como jugando a que no soy de acá. Porque nací “acá”, aunque no me sienta parte de “esto”.

Colados en Transmilenio. El punto más débil de ese sucedáneo de transporte masivo implementado en Bogotá, llamado Transmilenio, es la cultura ciudadana de sus usuarios. Pero eso de cultura ciudadana es algo inexistente, y la prueba está en los colados: vendedores ambulantes, pordioseros, o gamberros que se creen rebeldes contra el sistema por usar algo sin pagar. Como ha demostrado la experiencia, quien quiera hacer frente a los colados se expone a la apatía de los demás, a la negligencia de las autoridades (si tal cosa existiese), o a una puñalada gratis por “sapo”. La prueba de que los animales necesitan rejas, barreras, corrales, muros…

A veces las puertas de las estaciones se traban y los conductores o los viajeros no pueden abrirlas, pero quienes se cuelan las abren muy fácilmente. Alguien se quiso colar hoy en la estación de Hortúa, así que decidí ver qué pasaba si ponía un pie para impedir que el colado abriera la puerta y entrara sin pagar. ¿Resultado? La puerta que trabé no se abrió… pero sí la otra. Cuatro policías en la entrada de la estación estaban pidiendo cédulas para verificar antecedentes de quienes entraban, como si con eso consiguieran algo. Salvo ver a quienes habrán capturado y dejado libres a las dos horas.

Desperdiciando electricidad. Mansión Electrodomésticos, como su nombre lo indica, es un local de electrodomésticos cuya sede en la calle 126 Nº 20-73 tiene una peculiaridad: tiene un tablero electrónico en la entrada cuya luz blanca es demasiado fuerte, y que permanece encendido mucho tiempo después de haber cerrado el local (por lo menos lo he constatado hacia las 9 p.m.):

Un “letrero”… La luz blanca es “normal” para el peatón aunque demasiado intensa para una cámara de 3 megapixeles. Igual, se ve que el local ya está cerrado.

Estafas en Mercado Libre. Un ente que no tenga domicilio, NIT, teléfonos fijos, sitio web o algo, no puede ser llamado empresa. Sin embargo, a sitios como Mercado Libre no parece importarles, pues no tienen un control de quién puede anunciarse como empresa o promocionar algo que termina siendo una estafa. Tampoco ofrecen opciones que cubran todas las situaciones posibles y se limitan a la responsabilidad de los términos de uso de su sitio.

En un país serio, a la primera estafa producida en un sitio así, las autoridades lo cierran. Por algo, dicen, en España no existe Mercado Libre. En Colombia, sin embargo, no existen iniciativas que permitan regular o cerrar si es necesario estos sitios; tampoco hay otros que recojan todas las denuncias. El único que se encuentra es un blog venezolano: http://estafadospormercadolibre.blogspot.com. Por lo pronto, quien diga que a la gente hay que creerle, es porque no conoce este país.

Vuelve (dicen) DMG. Hablando de estafas, hace poco más de un mes se dio la noticia de que estarían resurgiendo las estafas piramidales en nombre de la extinta DMG. Los estafadores se anuncian con volantes en forma de billetes de dólar con la foto de David Murcia Guzmán, aunque sólo sea para estafar con el nombre más célebre de la crisis de las pirámides de 2008. Hace muy poco en el sur de Bogotá comenzaron a circular volantes similares, aunque de color azul y sin la foto pero también anunciando el regreso de DMG.

Siempre habrá quienes defiendan este tipo de estafas, porque funcionan para unos pocos (incluidos los primeros “clientes”) a costa de estafar a mucha gente. ¿Volverán las pirámides a Colombia? ¿Volverá DMG? Posiblemente. Porque siempre habrá colombianos dispuestos a dejarse estafar, y colombianos dispuestos a estafar a los demás. Y eso incluye a todo aquel que quiera participar. Colombiano come colombiano. ¿Y el Estado? Bien, gracias.

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