Mundo de tercera, país de quinta (II)

Es fácil entender por qué resulta difícil mantener un blog en estos días, pero no por qué vale la pena. Al fin y al cabo, las redes sociales se han inventado formas diferentes, más prácticas y rápidas de compartir información (que esa información sea útil es otra cosa). Además los blogs implican una forma de procesar la información que está condenada a desaparecer: a diferencia de las imágenes y los videos, hay que leer un blog. Habrase visto cosa más anticuada. De todas formas, para mantener mi blog y continuar con el ejercicio de contar mis reflexiones personales sobre el mundo que me rodea, aquí va una segunda entrega.

Colados en Transmilenio (II). Imperdible el artículo de Andrés G. Borges en su blog de El Tiempo, titulado “La hipocresía de colarse en Transmilenio“. Una reflexión interesante acerca de la forma de pensar de quienes se cuelan en Transmilenio, el sistema de transporte masivo de Bogotá que alguna vez fue concebido como ejemplo de eficiencia, civismo y la extinta cultura ciudadana. Aunque la opinión mayoritaria en los comentarios es de rechazo a la práctica de colarse en Transmilenio (como ejemplo de la mentada cultura de la viveza colombiana), no deja de ser interesante el punto de vista de quienes defienden esta actitud, con típicos ataques ad hominem al “niño rico” que escribió el artículo, o la típica evasiva escapista (“¿por qué no escribe contra aquello o esto otro?”, aunque nada tenga que ver con el meollo del asunto, la falta de civismo de los bogotanos). Incluso, como si el respeto por las normas fuera cuestión de ideologías, se ha cuestionado el hecho de que la cultura ciudadana promovida por alcaldes como Antanas Mockus o Enrique Peñalosa se ha dejado perder en manos de las últimas tres alcaldías de izquierda.

Andenes enchapados. Si hay algo que reconocerle a Enrique Peñalosa como alcalde, fue haberle enseñado al distrito cómo se hace un andén (aunque luego abusara con los bolardos). Era impensable que en la ciudad, durante casi todo el siglo XX, nadie entendiera cosas tan elementales como el diseño correcto de una rampa de minusválidos, o que las baldosas con puntos en relieve son guías para los invidentes. Pero eso es algo que sólo se ve en las obras del distrito. Por eso llama la atención que ningún parroquiano entienda el concepto de “material antideslizante” a la hora de hacer el andén de su casa. Y a la hora de lo que a los demás les parece “bonito”, se ven exabruptos como andenes enchapados con baldosas de gres o el mismo porcelanato que usarían para enchapar un baño o una cocina.

Hasta aquí el asunto no pasa de ser una muestra del poco criterio y buen gusto del ciudadano por debajo de la media  (lo que sea que se entienda por eso), si no fuera por un problema de desprecio por el sentido común, que por el hecho de verse sólo en los barrios pequeños no deja de ser absurdo (aunque recuerde por ejemplo a Unicentro, que por casi cuarenta años mantiene los andenes enchapados en gres). Cuando en Bogotá llueve, estos andenes enchapados se convierten en resbaladizas trampas mortales para los peatones. Más de una vez alguna señora en tacones se habrá acordado de la madre del “arquitepto” que tuvo la brillante idea de enchapar el andén de su casa con porcelanato blanco de 40×40, alguna tarde cuando recién escampaba. Yo no soy de desearle el mal a nadie, pero si cada “genio” de estos tuviera que resbalarse y quebrarse la cabeza en un salto mortal hacia atrás para que aprenda el concepto de “material antideslizante”, no soy quién para oponerme.

Curadurías: los tinterillos de la planeación urbana. A comienzos de los años noventa se decía que el Estado debía tender a la descentralización mediante vías como la descongestión por delegación a particulares. En el caso de la ciudad, la adjudicación de licencias de construcción ha sido delegada por Planeación Distrital a los llamados curadores urbanos, una especie de notarios que habrán descongestionado las oficinas de Planeación, pero que sólo han cambiado una burocracia por otra. Es cierto que todo trámite en este país es tedioso, pero los curadores urbanos de Bogotá han impuesto su propio e irracional criterio.

Para empezar, la ciudad tienen cinco curadurías urbanas, y cuatro están en la zona de la calle 100 con autopista Norte (porque los curadores, que son arquitectos, deben vivir en el norte, supongo). Si resulta difícil entender por qué la gente construye como y cuando le da la gana, o por qué las normas son para saltárselas, basta con decir que si alguien quiere consultar las normas urbanas en una curaduría deberá hacer fila a primera hora (7:30 de la mañana, por lo general) para tener uno de los 25 turnos de atención (a veces menos, pero ni uno más). Y sólo de lunes a jueves. Es decir que es más fácil sacar una cita en el Sisbén que en una curaduría. Y todo para obtener una licencia que no es garantía de que la obra se construya respetando las normas urbanas, o tenga un uso autorizado o acorde con la zona, como los cientos de moteles aprobados en barrios residenciales con su licencia y su valla amarilla en regla. Y que sean particulares tampoco es garantía de que no sean corruptos. En serio, ¿cómo se gana el sueldo esta gente?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s