Los colombianos no quieren la paz

De entrada, contexto. No es posible ignorar a las víctimas de la violencia en Colombia (social, partidista, subversiva o terrorista), diciendo sin más que los colombianos no quieren la paz. Entonces, ¿cuál es la razón de afirmar semejante cosa? En realidad es tan simple como preguntar si los colombianos quieren algo cuando han demostrado que no saben lo que es, ni lo que implica hacer para obtenerlo.

El gobierno de Colombia ha iniciado un proceso de paz con las Farc, y según algún método estadístico aleatorio extrapolado de muestreo en el que no me incluyeron, el 68% de todos los colombianos apoyan este proceso. Puesto que las Farc son un grupo que practica el terrorismo y la violación del derecho internacional humanitario mediante la guerra de guerrillas contra el Estado (y que por ello se proclama grupo guerrillero), cabe preguntarse si un diálogo de sordos en el que las Farc afirman que no van a deponer las armas ni a pagar un día de cárcel por sus innegables delitos de lesa humanidad, y en el que el gobierno de un presidente que aspira a la reelección haga toda clase de concesiones, puede llamarse un proceso de paz. O qué concepto de paz tienen las Farc, el gobierno, y tanto el 68% de quienes apoyan este proceso como sus detractores.

Un colombiano promedio, de aquellos que aprendieron geografía colombiana a base de noticias sobre tomas guerrilleras en los últimos veinte años, diría que la paz es simplemente que no haya guerra. Algún idealista, incluyendo a los implicados en ambos bandos del llamado conflicto armado colombiano, dirá que la paz no es sólo ausencia de guerra, sino presencia de justicia. Sea como sea, cuando se habla de paz en Colombia parece que sólo se piensa en el fin del terrorismo y la violencia armada entre el Estado y la subversión.

En un sentido más amplio, la guerra no es el único antónimo de la paz, sino todo aquello que signifique violencia. Lo que pasa es que en Colombia la violencia se ha entendido como la violación de nuestro derecho a ejercer la violencia contra los demás, ya sea la que la “oligarquía” ejerce contra el pueblo, la que los “ejércitos del pueblo” ejercen contra el pueblo, o la que el pueblo ejerce contra el pueblo. Ya sea por imponer unos ideales políticos o el derecho a oír música a 180 decibelios. E infortunadamente, el extendido arraigo por la violencia es lo que hace que los colombianos no quieran la paz. He aquí otras razones:

Los colombianos no conocen la paz: Desde los tiempos en que los conservadores decían que matar liberales no era pecado, ninguna generación en Colombia ha visto este país en paz; por lo tanto no la conocen. El símbolo de la paloma blanca ha sido la única manera de representar algo que nadie puede definir con certeza. Y eso incluye a muchos de los mal llamados “líderes de opinión” de este país.

Por ejemplo, cuando Juanes era famoso, propuso que la paz fuera considerada un derecho humano. Ignorando, por supuesto, que la paz es el resultado del cumplimiento de los derechos humanos, no sólo un concepto para hacer demagogia. O marketing.

Los colombianos no practican la paz: Probablemente la mejor definición de paz que se haya dado sea también la más conocida: el respeto al derecho ajeno es la paz. Y entonces, ¿por qué a nadie le interesa? Por la tradición cultural de no ver más allá de mis derechos, ignorando que terminan donde comienzan los derechos de los demás. Y porque en lugar de una cultura basada en derechos como contrapeso a las responsabilidades y deberes que implica tenerlos, existe la cultura del atajo.

Se ha escrito muchísimo sobre la falta de civismo o de respeto por las normas o por la autoridad (que cuando no peca de represora lo hace de laxa), como ejemplos de la cultura de la viveza, de esa malicia indígena que, a menos que se encuentre en el genoma humano latinoamericano, no es más que un pretexto. Si para conseguir algo existen alternativas al respeto al derecho ajeno, ¿para qué practicarlo?

A los colombianos no les gusta la paz: ¿Por qué hay quienes pagan televisión por cable o satélite para seguir viendo Pandillas, guerra y paz? Si los colombianos pudieran ser más violentos, agresivos e irrespetuosos del derecho ajeno, lo serían. Si no es así es porque eso demanda algo de esfuerzo intelectual. Es sólo una prueba de que la cabra siempre tira al monte, y no por falta de opciones.

Cuando la cultura del atajo no funciona, y si el fin justifica los medios, la primera opción para imponer mis derechos es recurrir a la violencia. La prueba de que nadie en Colombia comprende cómo funciona la sociedad en la que vive es que, cuando alguien quiere hacerse oír, termina recurriendo a la violencia cuando no le funcionan las cosas simbólicas; e igualmente ni lo uno ni lo otro afectan al status quo.

Para decir algo se puede optar por decirlo decentemente, o como en la sección de comentarios de cualquier medio digital nacional, sobre todo si el tema es controvertido (a los medios de comunicación les gusta presumir de ser seguidos en las redes sociales, pero creen que no es importante lo que la gente demuestra en sus páginas de comentarios).

Si empelotarse para protestar por algo es tan simbólico como inútil (por muy de moda que esté), siempre queda el otro extremo de la papa-bomba o agarrar fusil en mano camino al monte. Si recurrir a la policía u otra autoridad simbólica es igual o menos efectivo que hacer justicia por cuenta propia, la opción que haga más ruido será la elegida. Y cosas simbólicas como el perdón y la reconciliación pueden ayudar a crear la ilusión de paz, pero técnicamente equivalen a la indulgencia y el olvido. A la tolerancia.

Justamente los simbolistas han decidido llamar enemigos de la paz a quienes reclaman el deber constitucional del Estado de hacer valer su monopolio de las armas en defensa de la paz, en lugar de buscar un estado abstracto e ilusorio de paz al muy concreto, tangible y elevado precio de la impunidad. O se llama perdón a que los empresarios reincorporen a la sociedad a guerrilleros que seguramente los habrán extorsionado antes. Dicen que “no hay camino para la paz, la paz es el camino”. Camino ¿a donde? No importa el objetivo final, si puede alcanzarse por una vía u otra. Si la autoridad no funciona, ¿se necesita?.  Si la paz no sirve para cambiar el status quo, ¿se necesita?

Corolario: el informe PISA demuestra una vez más que la educación en Colombia no sólo no mejora, sino que puede ir incluso peor. Al igual que la paz, se ha vuelto muy cuestionable el objetivo de la educación en Colombia. En lugar de la trillada educación para la dependencia y la pobreza, una educación concebida para sacar lo mejor de los ciudadanos podría ser el comienzo de una verdadera educación para la paz.

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5 thoughts on “Los colombianos no quieren la paz

  1. […] Valga decir que no creo en las cosas simbólicas. Aunque haya conseguido llamar la atención sobre buscar que eso ”no invada todos los espacios del diario vivir”, no es el único género punible ni la única exigencia posible de respeto al derecho ajeno. Porque ese es el problema con las mediocracias: no les basta con ser mediocres, sino que no se lo guardan para sí mismas. Y ya sabemos lo que importa para ellas el respeto al derecho ajeno. […]

  2. […] Valga decir que no creo en las cosas simbólicas. Aunque haya conseguido llamar la atención sobre buscar que eso ”no invada todos los espacios del diario vivir”, no es el único género punible ni la única exigencia posible de respeto al derecho ajeno. Porque ese es el problema con las mediocracias: no les basta con ser mediocres, sino que no se lo guardan para sí mismas. Y ya sabemos lo que importa para ellas el respeto al derecho ajeno. […]

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