Lo que recuerdo de García Márquez

El jueves santo del año del Señor de 2014, al igual que su Úrsula Iguarán, falleció Gabriel García Márquez. Las reacciones que ha tenido su muerte en todo el mundo han sido prueba de que ni la muerte es el destino común de todas las vidas; pues mientras algunos no merecen ni una mediocre intrascendencia, algunos como Gabo hace mucho que alcanzaron la inmortalidad.

Vale aclarar que como buen parroquiano de a pie, nunca conocí a García Márquez, pero en esta era de internet, todo el que tenga un teclado a su alcance ha escrito o escribirá sobre él un montón de cosas; ya sea para atraer visitas o sumarse a esa ola de admiración que aparece cuando fallece alguien importante. Incluso entre quienes lo consideran el mejor autor que han leído nunca (porque nunca lo han leído). Por lo general, siguiendo la tradición de “no hay muerto malo”, la mayoría de las reacciones en redes sociales como Twitter han sido de admiración y respeto a la vida y obra de García Márquez. Aunque, siguiendo con la otra entrañable tradición de “colombiano come colombiano”, no falta quien sólo busca llamar la atención, aunque sólo sea por conseguir sus quince minutos de fama. De muy mala fama:

La vergüenza olvida, Internet no. Que hablen bien o mal, pero que hablen.

La autora del despropósito de marras reconoce a medias la obligación moral que implica el derecho a la libre expresión: “Sin desconocer ese gran talento para convertir los sueños en letras, sí cuestiono la manera como García Márquez y muchos otros artistas olvidan su responsabilidad social.”. Habla, creo, de la responsabilidad de no abanderar con su amistad personal con Fidel Castro, y su simpatía por el socialismo, la imagen de un régimen político cuestionable como el castrismo. Si tiene el derecho a expresar su punto de vista, lo cierto es que eligió muy mal momento y maneras para hacerlo. Porque si también se refiere a la responsabilidad social de hacer lo que le corresponde a la clase política, cualquiera verá que, como todos los que le reprochan a Gabo su presunta indiferencia a su país natal, está razonando fuera del recipiente.

Pero de lo que quiero hablar es lo que recuerdo de García Márquez. Recuerdo que la mejor manera de que un alumno aprenda a aborrecer la buena literatura es obligarlo a hacer un trabajo escrito en una semana sobre un libro del tamaño de Cien años de soledad. Más adelante, libre del yugo del adoctrinamiento en mediocridad que es la educación básica, fue cuando pude declarar -y sin ánimo de oportunismo- a García Márquez como uno de mis escritores favoritos. Aun cuando leer me cuesta trabajo -y más lo que se escribe hoy en día-, fue con la célebre primera frase de Cien años de soledad como descubrí la maestría de juntar los tres tiempos verbales en una misma frase. Pero lo más cautivante de García Márquez es sin duda su estilo, su dominio de la narrativa -no, no es respuesta prefabricada, ni vale para cualquier autor-. Tan claro como que al empezar a leer a Isabel Allende es fácil afirmar: “esta mujer lo que quiere es imitar a García Márquez”. Sólo un estilo como el suyo es capaz de educar a un analfabeto por convicción en el arte de distinguir a los buenos escritores de los juntaletras.

Porque más que su obra, siempre pensé que era el estilo lo que importaba de un autor. Fue el estilo lo que me hizo impotable, por ejemplo, al Quijote. Ya sea que hubiera escrito la Biblia o el directorio telefónico, lo que me interesa de cualquier autor es la forma en la que adopta los recursos del idioma y ataca el problema de expresar las ideas. Y eso es otra cosa que recuerdo: la complejidad de las frases de García Márquez que nada tenían que ver con las frases sueltas o aforismos de esos que hoy saturan el spam en forma de infames presentaciones de Power Point. Por su estilo es fácil reconocer que no se puede acusarlo de escribir cualquier cosa medio bonita y hasta cursi, y decir que fue su autor. Cualquier parásito de atención o sanguijuela de visitas habrá recurrido a firmar con el nombre de Einstein, Gandhi o García Márquez cuanta frase de libro barato de autoayuda se le ocurra. Pero Gabo no era eso. Lo que yo recuerdo es que, ya sea con un cuento como Algo muy grave va a suceder en este pueblo” o un informe sobre la educación nacional, si García Márquez quería expresar una idea lo hacía del modo más imbricado posible.

Justamente, lo que más me interesa recordar de García Márquez fue algo tan prosaico como un informe sobre la educación nacional. Su proclama, “Por un país al alcance de los niños”, encabezaba el informe conjunto de una comisión de expertos sobre el futuro de la ciencia y la educación en Colombia, realizado en 1994. En realidad, antes estaba el prólogo, escrito por el presidente Cesar Gaviria, abanderado de la apertura económica, la constitución de 1991, y de esa ola de renovación y esperanza en el futuro que le mostraron el mundo a Colombia en el estertor del siglo XX. Luego venía Rodolfo Llinás, analizando la importancia de la ciencia y la tecnología en el desarrollo nacional, comenzando por la necesaria definición de qué es realmente un científico. Pero sería García Márquez quien describiría como nadie el punto de partida del reto de transformar nuestra realidad: la causa y consecuencia de lo que implica ser colombiano. Ser expresiones de dos realidades distintas en una sola.

Ser de los que se enorgullecen de que este sea un país culto, con personas como Botero, Mutis o García Márquez, y ser al mismo tiempo ajenos e indiferentes por gusto a esa cultura. Ser de los que ganan cuando ganan unos y ser de los que juzgan y desprecian cuando pierden otros. Ser de los que desean una realidad mejor y también ser indolentes a la hora de hacer algo para transformarla. Ser, como diría Gabo, de los que se indignan por la mala imagen del país en el exterior, y al mismo tiempo ser autores de una realidad aún peor. Gabo tenía claro en el título de su proclama: si Colombia tendrá un futuro, será el día en que los colombianos dejen de anhelar un país en una paz que no comprenden, y al mismo tiempo le nieguen un futuro a los únicos que pueden transformarla: los jovenes, los sabios, los niños. Porque cuando la educación consiste en enseñar a ganarse una vida que nadie quiere para vivir en un país que nadie entiende, sucede que nadie cree que la literatura y el arte sirvan para crear una mejor sociedad. Y al mismo tiempo sucede que todo el mundo se hincha de un orgullo que no merece al pensar que somos un país cultísimo porque tuvimos un premio Nobel.

P.D.: Recién me entero que alguien pagó 34 millones de euros por una raya en un cuadrado azul. Sólo la pintura, o incluso la escultura, pueden darse el lujo de aparentar profundidad en una simplicidad tan ramplona. ¿Cuál sería su equivalente en la literatura. Coelho?

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