Sentimientos mezquinos

En los últimos días, el deporte colombiano le ha dado al país dos noticias: una buena y una mala. La buena, el triunfo de Nairo Quintana en el Giro de Italia. La mala, la exclusión por lesión de Falcao García de la selección que jugará el mundial de fútbol en Brasil. Resulta curiosa la reacción del ciudadano común, proclive a criticar a quien es mejor en su oficio y que no es deportista de alto nivel, ante estas dos noticias.

Empecemos por la buena. Luego de quedar segundo en el Tour, un ciclista colombiano gana por primera vez el Giro, con una destacada actuación de otros ciclistas colombianos, y de pronto todo el mundo se siente “orgulloso” de ser colombiano. Ahora todos somos “verracos”, pedimos un aguardiente -un aguardiente de caña-, y despreciamos y nos ganamos el desprecio de los comentaristas de portales de Internet con discusiones patrioteras estúpidas. Y ahora un ciclista se vuelve ejemplo de lo que en teoría son todos los colombianos, pero en realidad cuando un deportista colombiano triunfa en el exterior, se vuelve sólo el conductor del bus de la victoria en el que se suben los demás, cual parásitos del mérito ajeno como prueba de un terrible complejo de inferioridad. ¿Alguien puede sentirse orgulloso de los triunfos de otra persona cuando lo único que comparte con ella es la nacionalidad?

Dos premisas. La primera: un país es lo que sus ciudadanos hacen de él. La segunda: uno sólo puede sentirse orgulloso de lo que hace, no de lo que hacen los demás. Así pues, haber nacido en un país con tres cordilleras y costa sobre dos mares, es algo para agradecer, no para sentirse orgulloso. A menos que hubiéramos convertido un peladero en un vergel; eso sí sería motivo de orgullo (infortunadamente es más factible lo contrario). Y si los ciudadanos de un país no contribuyen en la protección, formación o educación de sus mejores compatriotas, ni aprenden de ellos el sentido de la disciplina y la cultura del esfuerzo, ningún derecho les cabe a sentir orgullo por el mérito ajeno.

Ahora veamos el otro lado de la moneda: el del ídolo caído. Aunque aquí también hay mucho que decir sobre ese despreciable concepto llamado idiosincracia, también tengo algunas cosas que decir a título personal, en el ejemplo particular de Falcao García. Si el orgullo aquí es concebido como el parasitismo de los logros ajenos, la antítesis será la alegría por el mal ajeno. Una variante de envidia tan difícil de describir en una palabra que sólo los alemanes crearon el término Schadenfreude, aunque para el “colombiano-come-colombiano” es completamente familiar. Si Falcao pudiera jugar el mundial de fútbol y marcar goles, todos los colombianos estarían orgullosos de ello. Y se olvidarían de decir que sólo es un empujapelotas, más preocupado de la plancha del pelo y los millones de euros que gana en Mónaco que de defender la camiseta de la selección (porque nadie aquí dijo eso jamás).

Y ahora sí, mi reflexión personal. El deísmo es la aceptación de que el dios sin nombre de los cristianos creó el mundo, pero hasta ahí llegó su intervención en los asuntos mundanos. Por lo tanto, por muchas velas que le prendan, no va a decidir el resultado de un partido de fútbol ni la suerte de un futbolista. Muy en el fondo de mi conciencia surgió ese schadenfreude por saber que Falcao no jugará el mundial, porque de haberlo hecho habría provocado un milagro inadmisible. Recuperarse en cuatro meses de una lesión que en la práctica necesita al menos de seis, sería visto oportunamente como una intervención de su dios-hijo de dios-que no es dios, y como una prueba de que los milagros existen, y más para quienes pagan diezmo en millones de euros. Habría sido insoportable.

Por muy inclinada a la mediocridad que sea la idiosincracia colombiana, no existen términos medios con los sentimientos. O se ama o se odia con pasión, nunca con indiferencia. Cuando alguien gana, “ganamos todos”; cuando pierde, “pierden ellos”. La envidia, el complejo de inferioridad disfrazado de orgullo o el schadenfreude son sólo prueba de ello, pero por muy arraigados que estén en la psicología autóctona nacional, no significa que el en fondo no sean sentimientos mezquinos.

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