Brasil 2014: lecciones al final del camino

Hoy terminó para Colombia su participación en la Copa Mundial de fútbol de la FIFA, disputada en Brasil, consiguiendo el mejor resultado de su historia: llegar a cuartos de final. Y no es que mejorar el puesto 14 obtenido en Italia ’90 fuera imposible, pero a veces es fácil perder la noción de las distancias cuando en un solo torneo se ganan más partidos que en todas las participaciones anteriores juntas. Algo similar sucedió con la participación de Colombia en los juegos olímpicos de Londres 2012, cuando ganó ocho medallas, casi tantas como las diez obtenidas desde 1932. Da vértigo evaluar tantos buenos resultados cuando, sencillamente, no se está acostumbrado.

El fútbol ha de ser muy raro para que tenga entre los intelectuales tantos detractores como defensores. Para unos es parte del circo mediocre del entretenimiento de masas, para otros el reflejo de la idiosincrasia de los pueblos, y para algunos un vestigio de nuestros instintos de cazadores-recolectores. Me pregunto si un historiador o arqueólogo del futuro que contemple las ruinas de Maracaná o Wembley (si llega a haberlas) diría lo mismo sobre nuestra sociedad que nuestros historiadores actuales sobre Roma, estudiando el Coliseo.

Volviendo al tema, Colombia (la selección y el país al que representa) demostró por qué hay que darse por bien servido al llegar a una etapa que otros países consideran un fracaso. Colombia (la selección de fútbol) hizo bastante en este torneo, pero volvió a ser para Brasil el equipo que fue para Argentina en las eliminatorias, el punto de inflexión de un combinado en el que ni Messi daba pie con bola. Colombia (el país), demostró que una sociedad que recorta abruptamente su jornada laboral por un partido de fútbol, tiene que agradecer (y mucho) haber perdido un juego y no una guerra. Y reflexionar por qué una victoria podría costar incluso más muertos que una derrota.

Dicen que el fútbol, como todo el deporte, es la sublimación de los instintos competitivos, arraigados en la especie desde los tiempos en que sólo valía la selección natural. Aunque volviendo al abominable concepto de nuestra idiosincrasia, el espíritu competitivo del colombiano promedio se manifiesta sólo en saber cuándo subirse al bus de la victoria. “Ganamos”, “somos unos berracos”, “si hubieramos ganado nos habría tocado Alemania” y otras muestras gratis de “mentalidad”, se siguen oyendo a la hora de escribir este artículo (es curioso oír aún grupos cantando el himno nacional a todo pulmón y haciendo sonar cornetas sólo por la inercia de una semana entera de expectativa).

Si parte de la naturaleza humana es competir, ¿por qué no competir en cosas que de verdad valgan la pena? ¿Por qué tiene que parecer totalitarista decir que un país que produce buenos deportistas como consecuencia de una sociedad que produce buenos ciudadanos? Si nos gusta tanto el deporte, ¿por qué no convertir en deporte el enfrentar los retos que nos impone vivir en sociedad? ¿Qué pasaría si convirtiéramos los índices de menor corrupción pobreza o desempleo en trofeos más valiosos que las medallas olímpicas o las Copas del Mundo? (He aquí un ejemplo curioso: el Mundial de Todo Lo Demás: los 32 países participantes en el mundial de Brasil 2014, compitiendo en aspectos tan variopintos como desempleo, esperanza de vida o premios Nobel per cápita).

P.D.: Este mundial de fútbol marcó un máximo de audiencia en Estados Unidos, y no sólo entre los hispanos, en un país que siempre asoció este deporte a los beaners y los comunistas. Tan curioso como que en los bastiones del actual comunismo bolivariano (Venezuela y Cuba), el deporte más popular siga siendo el mismo deporte nacional del “imperio”: el béisbol.

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