El “Shakespearcito” y la apología de la imbecilidad

Una de las lecciones más aberrantes que recuerdo del catecismo católico es la que tiene que ver con el décimo mandamiento de la “ley de Dios”: No codiciarás los bienes ajenos. Según el catecista, esto quiere decir que debemos conformarnos con lo que nos ha tocado por voluntad de Dios, y cualquier ambición de alcanzar lo que no nos pertenece sólo puede satisfacerse violando los otros mandamientos. Y esto no se limita sólo a las posesiones materiales, sino intelectuales; a eso se refiere la bienaventuranza de la “pobreza de espíritu”, la renuncia a todo lo que signifique la codicia material y la soberbia intelectual. Porque no todos pueden gobernar, tendrá que haber gobernados; lo suficientemente inteligentes para obedecer, pero no tanto como para rebelarse. Este mundo será de los dueños del poder, mientras que a los pobres (de materia, y sobre todo, de mente) se los contenta con la inútil promesa del reino de los cielos.

El viernes murió el comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños, quien como nadie contribuyó a celebrar y alimentar la “pobreza de espíritu” del pueblo latinoamericano. Más conocido por el nombre artístico de Chespirito, un presunto diminutivo de Shakespeare con el cual disfrazó de ingenioso un estilo ramplón, basado en el más primitivo humor de pastelazos y mexicanismos. Al igual que Cantinflas, todos sus personajes han contribuido a perpetuar la “viveza” del latinoamericano, la idea de que si se es “pícaro”, se puede superar la adversidad y salir adelante en la vida aún siendo un mediocre o un inútil. Y no hubiera sido sólo un comediante mexicano más, como muchos otros para nosotros desconocidos, si no fuera por el aparato mediático de Televisa, que inundó de miseria cultural al continente y más allá. No importa que no todos los latinoamericanos sean mexicanos; gracias al éxito de estas joyas de la televisión, no es raro que al norte del Río Grande nos vean como “frijoleros”, o que en el otro lado del charco todos somos “panchitos”.

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What am I, a beaner? (Fuente: http://bit.ly/1vxG07j)

Como bien decía Jaime Garzón (alguien cuyo sentido del humor sí tenía sólidas bases intelectuales, lamentablemente ignorado por ser visto como un humorista más): “Resulta que en Colombia no hay colombianos, vea… Los ricos se creen ingleses, la clase media se cree gringa, los intelectuales se creen franceses, y los pobres se creen mexicanos”. Por más que muy pocos mexicanos se sientan identificados con Cantinflas o los personajes de Gómez Bolaños, aquí se ha arraigado como en ningún otro lugar del continente la cultura popular mexicana, que desde el cine hasta las rancheras o los corridos, hacen apología de la violencia, el machismo, la pobreza, la ignorancia y la estupidez, ridiculizada y disfrazada de cultura según convenga (“los habitantes de Creta son los cretinos”). No en vano puede venir Gómez Bolaños a la feria del libro de Bogotá a decir que el Guernica de Picasso es una “caricatura”, con el aplauso de todo el auditorio. La única cultura válida es la que yo hago, lo demás son mamarrachos.

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Somos la base de la democracia, sufrimos las consecuencias de nuestras decisiones, no queremos ni sabemos hacer las cosas bien. ¿Con quién nos identificamos? (Fuente: http://bit.ly/1v4lDjt)

Algunos artistas se enorgullecen de saber “llegar al pueblo”, de no hacer arte para las élites sino para la clase trabajadora y demás; lo que en el fondo se puede traducir como llegar a las masas (por los beneficios de los números) o a los pueblos (por la escasa profundidad intelectual de sus obras).  Algo que el “Shakespeare de bolsillo” no demostró entender es que si las élites quieren burlarse de los pobres, entonces buscan justamente a comediantes como Gómez Bolaños, quienes ridiculizan al extremo la idea de pobreza y estupidez, para luego venderles la paz del conformismo con ideas como “mejor pobre pero honrado” y “los ricos también lloran”. Sin mencionar que los programas de Gómez Bolaños podían ser vistos como apologías a la violencia, la discriminación y todas aquellas cosas que los “humoristas del pueblo” pretenden defender o reivindicar.

No hay muerto malo, dicen cada vez que alguien famoso muere. Ningún trabajo es deshonra, suele responderse a quien cuestiona la dignidad de viejos de setenta años disfrazándose de niños para subsistir. Es posible que muchos de sus críticos alguna vez rieron con sus chistes, pero por ser típicos chistes de pastelazo y tropezón. No hacen gracia los viejos ridículos disfrazados de niños. No, no fue Shakespeare, no es humor inteligente, es adoctrinamiento en la mediocridad, cortesía de Televisa. Cuando se quiere recordar como un genio a un simple reciclador del humor ajeno, sólo hay que salir a la calle, ver lo mucho que puede parecerse nuestra realidad a la de la cuna de tanta presunta genialidad, y recordar aquella frase que dice que en nada se conoce tanto a las personas como en las causas de su risa.

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