“¿Es la religión judeo-cristiana responsable de la crisis ecológica?”

(Nota: el título va entre comillas porque no corresponde a esta entrada, sino al artículo de Andrés Alvarez Martínez, publicado en este enlace)

Las redes sociales se han vuelto una forma tan práctica como poco útil de creer que podemos revolucionar el mundo haciendo un clic. Así es como uno termina siguiendo cuentas de muchos ciberactivistas. No sé si fue por devolver un follow en Twitter que terminé siguiendo a @Aidaespanol, pero por responder a uno de sus tweets ahora ambos tenemos un seguidor menos.

(Actualización: “Houston, tenemos un problema”. Ahora resulta que mis tweets sí aparecen en la cuenta @Aidaespanol, que acaba de seguirme en Twitter, lo que significa que los había seguido por cuenta propia. En fin.)

A raíz de la encíclica del papa Francisco Laudato si, da la impresión de que, por primera vez, el líder de la fuerza moral dominante en occidente pone de manifiesto su preocupación por la ecología y el medio ambiente. Entonces, al recibir el tweet de marras, recordé que había leído un artículo de Arnold Toynbee sobre el tema, que resumía la idea de que la destrucción ecológica por parte del ser humano tenía como causa nada menos que la interpretación religiosa del “creced y multiplicaos”. Y al buscar, no encontré el dichoso artículo sino uno aún más extenso, titulado “¿Es la religión judeo-cristiana responsable de la crisis ecológica?”, que incluye también lo dicho por Toynbee.

El tweet enlaza a un artículo del blog de la AIDA titulado “Dios es ambientalista, ¿y tú?”. Como la pregunta es provocadora (y como suelo responder una pregunta con otra) mi respuesta fue el título de este artículo y el enlace al original en pdf. Y en aras de la libertad de expresión con la cual cierra el artículo de la AIDA, mi tweet fue borrado. Por eso quiero retomar mi respuesta aquí.

Sobra decir que el concepto de dios es una aberración. Bastante tiene ya el mundo con la imposición de un dios omnipresente excepto en presencia del mal, omnisciente excepto para ver las consecuencias de su propia creación, y omnipotente excepto para detener la destrucción de su presunta obra. Ahora resulta que la causa ecologista tiene que apelar a esa misma idea para disminuir la destrucción medioambiental por las mismas razones que hacen de la religión un sistema de control social: no por comprender que la destrucción del entorno en un sistema cerrado redunda en la propia destrucción como especie, no por entender que el daño al planeta se traduce a la larga en daño a nosotros; no por razones nacidas de la inteligencia y la comprensión, sino de aquello que algunos llaman “temor de dios”.

Ya sea por la interpretación literal del Génesis, que define al hombre como “rey de la creación” y coloca al mundo a su servicio, ya sea por considerar herejía el panteísmo y la adoración de la naturaleza, lo cierto es que el respeto por la ecología no ha demostrado provenir, de ninguna forma, de la religion organizada. A diferencia del actual buenismo neohippie de abrazar árboles y adorar a la Madre Tierra, la cosmogonía y visión de la naturaleza como una sola fuerza de la cual nace la vida era vista desde hace cinco siglos simplemente como pecado. Y este es el concepto clave: la prueba de que la ecología nunca fue importante ni siquiera para los papas del siglo XX es que destruir la “Creación” nunca fue un pecado. Sólo el papa anterior, Benedicto XVI, quiso convertir en pecado la contaminación ambiental, pero apelando a la misma razón equivocada detrás de la idea de pecado: no “ofender a dios”.

De hecho, el papa actual, Francisco, fue el autor de una frase con la cual se ha pretendido justificar la explotación minera en nombre de la palabra del dios sin nombre de los cristianos:

“El día del juicio final ante Dios, nos contaremos entre los que enterraron el talento dado y no lo hicieron fructificar. No sólo en agricultura y ganadería, sino también en minería”.

Esta frase (y citas como Génesis 2:10-12) fueron parte de un desesperado intento de algunas iglesias cristianas para justificar la explotación aurífera en el páramo de Santurbán (ver “El día que Dios respaldó la minería en Colombia”). Decían defender la minería legal y responsable, como si la minería en el páramo donde nacen las fuentes de agua de medio millón de personas no fuera una irresponsabilidad. Mientras los presuntos representantes de dios en la tierra no tengan que aprender a beber oro, está claro cuáles son sus prioridades.

Y no, la conclusión no es que quienes están en contra de la religión estén a favor de la destrucción del planeta. Ser ateo, agnóstico, animista o lo que sea no tiene nada que ver con respetar o no el ambiente. La religión sólo ha servido para controlar a la humanidad a través del miedo, y el ambientalismo basado en dios es una idea absurda e innecesaria. Si ha de protegerse a la tierra, mejor que sea por el fin de la ignorancia y la inconsciencia, que sea con ideas nacidas de la inteligencia, la ciencia, la tecnología, pero sobre todo, de la comprensión de que proteger la vida en la Tierra es parte de protegernos como especie. La Tierra ha sufrido cataclismos, glaciaciones y otras catástrofes, y la vida ha seguido. Y seguirá, sin nosotros o a pesar de nosotros. Una cosa es ser o no ateo, y otra ser tan estúpido como para creer que es buena idea apedrear el propio tejado.

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