Pawn Sacrifice: érase una vez Fischer

Es la primera vez que escribo acerca de una película. No soy para nada cinéfilo, y puesto que no es ninguna opción pagar precios carísimos para rodearse de gente maleducada y contemplar la mediocre oferta del cine nacional, hace poco tuve la posibilidad de ver Pawn Sacrifice, el primer biopic dedicado a Robert (“Bobby”) Fischer, campeón mundial de ajedrez en 1972 y uno de los mejores jugadores de la historia.

Si la vida de Fischer merecía hace mucho una película, hasta ahora sólo se habían hecho documentales; el último de los cuales fue Bobby Fischer against the World, una camarilla de jugadores, incluido Kasparov, contando la historia de Fischer que todo buen aficionado ya debe conocer. Y en eso la película recuerda a otras biográficas como las basadas en la vida de Steve Jobs, que básicamente cuentan lo mismo desde los tiempos de Pirates of Silicon Valley. Uno supone que la película está dirigida al público lego en ajedrez, pero aún así resulta casi sarcástico hablar de soltar un spoiler.

La película es dirigida por Edward Zwick, de quien sólo he visto la bienintencionada El último samurai. La historia abarca la vida de Fischer (Tobey Maguire) desde que aprendió a jugar al ajedrez, hasta su disputa del título mundial con Boris Spassky (Liev Schreiber). Aún como ex aficionado al ajedrez, la película me parece interesante, pero después de leer la mejor biografía de Fischer a la fecha, se queda corta mostrando en 115 minutos los tres pilares en los cuales se supone que está basada: el rol de Fischer como peón del gobierno estadounidense contra la Unión Soviética, su paranoia enfermiza, y su obsesión con el ajedrez.

Sin pretender ser una película exclusiva sobre ajedrez, son pocas las escenas ajedrecísticas. Salvo el célebre error de Fischer en la primera partida (29…Axh2), la película pierde en comparación con otras muy célebres a la hora de mostrar la tensión propia de una partida de ajedrez. Por ejemplo, The Luzhin Defence, cuyo protagonista, además, expresa mucho mejor la obsesión de un hombre incapaz de ver el mundo más allá de un tablero.

Creo que hizo falta ilustrar más el punto de vista soviético de la “superioridad intelectual socialista” para justificar que EE.UU. involucrara a Fischer en tan desigual partida de la guerra fría. Las motivaciones de Fischer contra “los rusos”, tramposos por pactar resultados entre sí y sólo esforzarse contra los extranjeros, no eran las mismas de su gobierno, empeñado en derrotar a los soviéticos en su propio juego. La historia del “pobre chico de Brooklyn contra el imperio soviético” se reduce al duelo personal entre Fischer y Spassky, quien sólo se da cuenta al decir: “un hombre dispuesto a suicidarse tiene la iniciativa”. No sé por qué me recuerda un poco la frase: “no es un hombre, es un pedazo de hierro” que el villano ruso espeta en Rocky IV.

La personificación de Maguire es buena, pero no lo suficiente para convencer al espectador de la genialidad o de la paranoia de Fischer. Se le puede ver con una bolsa de papel en la cabeza o desarmándolo todo en busca de micrófonos, pero nunca el espectador se identifica con él como sí era posible con Luzhin o incluso John Nash. Ni se puede conectar a Maguire con el Fischer barbudo y desaliñado de las imágenes reales de la televisión islandesa con las cuales termina la historia, más de treinta años después. El resultado final no esta mal, pero cuando se hace una brillante película sobre un mediocre como Ed Wood y sólo se consigue algo aceptable con un genio como Bobby Fischer, es que Hollywood, en medio de su actual crisis de creatividad y rebuscando hasta en los viejos cuentos de hadas, tiene un problema serio a la hora de contarnos historias. Sobre todo aquellas que algunos ya conocemos mejor por otras fuentes.

Adendum: siempre que se plantea el debate de quién fue el mejor jugador de la historia del ajedrez y ronda el nombre de Bobby Fischer, termino recordando una frase: “Cualquiera puede escalar el Everest, sólo hay que dejar todo lo demás en la vida y dedicarse a ello”. Por eso, José Raúl Capablanca, sin ser tan temperamental ni fogoso, es considerado superior a Fischer. Porque alcanzó mucho antes el Everest, sin pagar el precio de vaciar su vida para satisfacer una obsesión.

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