Los embajadores de la India

Una de las piezas más memorables de la idiosincracia nacional es una película de 1987 llamada “El Embajador de la India“, que narra la historia real de un avivato que se hizo pasar por el embajador de ese país durante varios días en 1962, explotando hábilmente la curiosidad por lo exótico y el servilismo ante lo extranjero, tan propios de los paisanos de la Colombia profunda. Si este hubiese sido el único caso en esta orilla del mundo, no pasaría de ser una anécdota; pero lo cierto es que cada año esta región llamada Occidente se inunda de una clase especial de embajadores de la India y su misticismo, que en el fondo no son más especiales que usted, yo o cualquiera.

No es tanto esa reverencia hacia lo extranjero que ha obligado a más de uno (incluso a nuestra policía de inmigración) a aprender que Nigeria es una república, sino la que obliga a ver que la India no es la tierra de la armonía y la paz espiritual. Aunque eso quieran vendernos, literalmente: la India es la sede de verdaderas multinacionales del yoga, la vida sana, la meditación y la paz interior, como si aquel país no fuera un gigante cliché de enfermedad, pobreza e idolatría de las vacas. El mismo país donde existe una pobreza causada por un sistema de castas y a su vez basada en un sistema de creencias (el hinduismo).

Desde el auge del movimiento hippie, y desde cuando los Beatles conocieron al Maharishi, la India además de incienso, exporta gurúes, santones y faquires, nacidos del afan de paz espiritual de los occidentales perdidos en el mundo material, y no tanto de que le sobre armonía y abundancia a los 1.200 millones de indios (casi la mitad de los cuales no han superado la pobreza). Dicen que “si los libros de autoayuda sirvieran, se habría escrito sólo uno”; y si aquello que nos quieren vender como la fuente de la felicidad sirviera, la India, con sus 500 millones de pobres, sería el país más feliz del mundo.

Repasando la lista de los nuevos embajadores de la India, se encuentran nombres como Sai Baba, acusado de burda prestidigitación cuando no de homicidio o delitos sexuales; Osho, que salía a pasear por las mañanas en Rolls Royces, Prem Rawat, quien pasó de gurú besado en los pies a vestir traje y corbata, el mismo Maharishi que usó y luego desilusionó a los Beatles, o el siempre entrañable Deepak Chopra, el físico cuántico sin licencia más famoso del mundo. Todos directores de negocios millonarios, conferencistas y autores de best-sellers, enriquecidos por el fracaso de la tradición judeocristiana como única vía conocida por Occidente hacia la realización espiritual* del ser humano.

Cada región donde exista una cultura ancestral le ha disputado a la India el monopolio de la sabiduría espiritual. Por cierto, la gran mayoría de información ecuánime en la web sobre este asunto está en inglés. En español, desde la Wikipedia hasta una sarta de blogs personales, son casi todo apología escrita por gente que sólo sabe decir “namasté” como si el sánscrito fuera una lengua cooficial. Sólo los blogs escépticos o los documentales sobre las sectas ofrecen una visión objetiva, que termina desmitificando a los iluminados que sólo son superiores al resto de los mortales en el tamaño de su cuenta corriente.

* Esta opinión de que cada secta es un fracaso del judeocristianismo en ofrecer respuestas reales y concretas ante la inquietud espiritual occidental, fue un comentario en el video sobre las sectas, subido por una organización católica, y que, oh sorpresa, fue borrado. Sin derecho de réplica, obviamente. Cuestionar el monopolio de la iglesia católica sobre la moral y la ética seguro fue lo suficientemente ofensivo.

No me interesa el escepticismo absoluto sobre el tema de la realización espiritual, pues equivaldría a aceptar que el ser humano es sólo un costal de órganos y hormonas, y que la vida es un acto puramente biológico entre dos respiraciones: la primera y la última. Sin embargo, sigue siendo necesaria la evidencia para aceptar que es posible una vida mejor ligada a una realidad superior, aunque sea algo que sólo se pueda comprobar en primera persona. Y de todos estos embajadores de la India modernos sólo es posible aprender dos cosas: que nadie va a encontrar afuera lo que debe buscar dentro de sí, y que nadie va a aprender nada siguiendo a quienes no son un ejemplo viviente de su propia enseñanza.

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