Colombia y el dilema del tranvía

En términos simples, el dilema del tranvía es un experimento ético que ha sido enunciado de muchas formas, pero en resumen consiste en lo siguiente:

Un tranvía corre a toda velocidad hacia una bifurcación. El conductor no puede detenerlo, sólo puede elegir a qué lado va a continuar. Si continúa su rumbo, matará a cinco personas atadas a los rieles. Si elige la alternativa, matará a una persona atada a la vía. ¿Qué decisión debe tomar el conductor, sabiendo que matará al menos a una persona?

Antes de continuar, un video que se hizo muy popular en estos días muestra cómo reaccionaría uno de esos conejillos de Indias de la naturalidad de la ética llamados niños:

Más o menos es la situación en la cual se encuentra el pueblo de Colombia en medio del proceso de paz con las FARC. Acaba de firmarse un acuerdo entre ese grupo guerrillero y el gobierno nacional, que debe ser ratificado por el pueblo mediante plebiscito, mediante una tendenciosa pregunta de Sí o No (¿quién en su sano juicio diría No a la paz?). Esas son las dos opciones de un dilema del tranvía nacional, que ya han dividido a la opinión pública y que para unos u otros, no va a dejar de tener consecuencias.

De entrada, lo que se va a ratificar es una negociación con las FARC, no “la paz de Colombia” o el fin de una “guerra fratricida”, como han pintado lo que no ha sido más que una lucha entre una oligarquía corrupta incapaz de asumir el monopolio de las armas, y una guerrilla terrorista convertida en mafia del narcotráfico, en la cual quien pone los muertos siempre es el pueblo. Así como en el dilema de marras, la visión pragmática de “mejor que muera uno a que mueran cinco” se ha visto reducida a lo que ha dicho hasta el propio presidente Santos: mejor un mal arreglo que un buen pleito.

En nuestra versión del dilema, se supone que los colombianos deben elegir si ratifican este acuerdo o no. Por un lado, según los defensores del No, está la impunidad a los autores de crímenes de lesa humanidad, los privilegios políticos, la falta de claridad sobre los fondos del narcotráfico, Venezuela como ejemplo a seguir y demás panoramas dantescos. Por el otro, los defensores del Sí aclaran que si gana el No, se acaba el proceso, las FARC se rearman y la “guerra fratricida” continuará; sobre todo, con un poco de razones ad hominem, dicen que el mejor argumento a favor del Sí es ver quiénes defienden el No.

Yo he dicho antes que en Colombia va a ser imposible obtener una verdadera paz, por eso y por otras razones no me interesa votar. La llamada paz con las FARC no va a ser la paz de Colombia, como no lo fue con el M-19, por ejemplo; falta aún el ELN, los paramilitares disfrazados de bandas criminales, las mafias del narcotráfico y la delincuencia común, suponiendo que no se desmovilicen unos sólo para que ingresen otros:

Lo más probable, con todos los recursos que tiene a su favor (y que ha usado) el gobierno y toda la propaganda del buenismo, es que gane el Sí. Pero eso no obliga a llamar paz a la claudicación mutua de unos en imponer la justicia y el estado de derecho, y de otros de buscar el poder o forzar al Estado a respetar sus causas sociales (si las tuvieron). Sí, está bien que no haya más muertos, más secuestros, más cilindros, bombas, extorsiones ni otras “formas de lucha”, como tampoco que no haya más falsos positivos, terrorismo de estado o uniformados muertos que nunca fueron vecinos del parque de la 93.

Lo que no está bien es llamar paz a simplemente dejar de ver atentados o muertos en el monte. O hacer más apología de la redención, con curules directas, “penas alternativas” y otras demostraciones de que el delito en este país sí paga. Si por paz se entiende el respeto al derecho ajeno (y también el respeto al derecho), vamos a tener que esperar sentados. Porque al igual que en el dilema original, si la solución fuera simplemente la que menos muertos cause, no sería un dilema. Y ahora resulta que estamos en un tranvía que debe elegir entre impunidad y muertos, por cuenta de la incapacidad de imponer un verdadero Estado de derecho. Qué dilema.

  • P.S.: no han pasado 24 horas desde la firma de “la paz” y ya hay un primer punto de discordia: las FARC no se desmovilizan hasta que les firmen amnistía e indulto. Lo que se sabía desde el primer día.
  • Alias “Timochenko” ofreció perdón en lugar de pedir perdón por los crímenes de las FARC. ¿La gramática como declaración de intenciones?
  • Contra todo pronóstico, ganó el No, por poco más de 60.000 votos. Nadie sabe lo que va a pasar ahora; la hipótesis inicial es que las FARC se devuelven al monte y el proceso se acaba. Quien dijo que la democracia es sólo la “tiranía de las mayorías” no pensó que menos del 3% también hace una mayoría.
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