Au revoir, Wikipedia

Poner cara de Jimmy Wales” fue una expresión popular de aquellos años en que Jimmy Wales, fundador de Wikipedia, encabezaba el mensaje anual de este sitio a sus usuarios para solicitar donaciones. Este año la Wikipedia, el proyecto de conocimiento colaborativo más grande de la historia, ya no recurre a convertir a su fundador en un meme viviente, sino a un aviso de más de media página (y una ventana flotante). Más o menos, no quieren tener publicidad ni molestar a los usuarios con banners, pero terminan recurriendo a éstos para poder financiarse. Una muestra de cómo un proyecto interesante termina estrellándose contra la naturaleza humana.

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Jimmy Wales, poniendo cara de Jimmy Wales.

Personalmente, he decidido no sólo abstenerme de donar a Wikipedia, sino dejar de usarla. No sólo hay otras opciones (y no, ni la Metapedia ni la Inciclopedia lo son), sino que mi paciencia terminó ante los muchos defectos que se le pueden señalar. Empezando por el meollo del asunto, el tema monetario. Wikipedia es el mayor ejemplo del concepto wiki, de trabajo colaborativo y comunitario, pero también es considerada por algunos como una forma de explotación del trabajo voluntario. Y desde hace mucho se ha cuestionado desde el uso que Wikipedia ha hecho de sus donaciones hasta el alarmismo que ha generado ante una posible desaparición.

Otro punto es su objetivo, ser una enciclopedia. Es cierto que puede haber discrepancias acerca de qué puede ser considerado conocimiento objetivo, pero el concepto wiki hace que si Wikipedia es escrita por sus usuarios, entonces consultar en ella equivale a preguntarle a la gente qué sabe al respecto. Y ese es su mayor problema: que Wikipedia puede ser escrita por cualquiera, sepa o no del asunto. Y no es muy claro qué hace la diferencia entre recurrir a una “fuente fiable” y caer en la falacia de autoridad.

Esto genera a su vez otro defecto grave: la presunta “libertad de edición” termina chocando con los usuarios que son prácticamente dueños de ciertos artículos, o los señalados casos de censura impuestos por usuarios de mayor nivel (porque al parecer no puede haber igualdad sin jerarquía), sobre todo cuando se tratan temas polémicos (Palestina, Cuba, el “Ché”, etc.) debatidos en discusiones que superan por mucho la longitud de los artículos.

He dicho que la web en sí misma ya reúne todo el conocimiento que la humanidad ha querido compartir, y que Wikipedia es sólo una parte de él. Y otro de los defectos en que cae Wikipedia es crear un círculo vicioso: usar como fuentes y referencias otros sitios en la web, que a su vez usan a Wikipedia como fuente, más cuando esos sitios suelen ser blogs (porque en la Wiki en español nadie parece entender la diferencia entre referencias y enlaces externos). Sí, Wikipedia puede ser muy útil para los estudiantes, pero termina recurriendo en el mejor de los casos a fuentes escritas por autores de conocimiento mucho más avanzado (científicos, por ejemplo). Porque la calidad de un artículo en Wikipedia suele ser inversamente proporcional al dominio que tenga el público en general sobre el tema; por eso es común que los artículos sobre series de televisión sean más largos que muchos artículos científicos, o que las secciones más largas de otros artículos sean las de “Curiosidades” o “En la cultura popular”.

Son muchos otros defectos de Wikipedia que se han señalado desde hace mucho y que no parecen haber cambiado: Wikipedia como vitrina de las pseudociencias, la mala calidad de la versión en español (que algunos achacan a que es la versión de España, editada sin permiso por los latinoamericanos), la ausencia de democracia contra el hecho de que la verdad no es democrática, entre otros. Lo único cierto es que ya no soy estudiante, y cuando necesito saber algo realmente complejo sé que no sólo no lo voy a encontrar en Wikipedia, sino que va a ser más fácil encontrarlo yendo directamente a sus fuentes fiables.

Ya me cansé de lidiar con el hecho de que ser usuario registrado (o incluso «bibliotecario») no equivale a tener criterio, y que (cuando no se me antojaba iniciar sesión), ser usuario anónimo no significa ser vándalo. Fue la triste visión de pasar los viernes por la tarde metido en guerras de ediciones con dueños de ciertos artículos, la epifanía definitiva para hacer honor a mi etiqueta de usuario retirado en Wikipedia. Razón por la cual, por mucha cara de Jimmy Wales que me pongan, no verán un solo centavo de mi parte.

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Cambios en el Baloto

Es oficial: a partir del 20 de abril el Baloto pasa de ser una lotto 6/45 estándar, a convertirse en una lotto 5/43 con un número suplementario entre 1 y 16. Lo que significa que la probabilidad de ganar el premio mayor se reduce en más del 89%: al pasar de 1 entre 8’145.060 a 1 entre 15’401.568. Estos cambios al parecer van acompañados de una base más amplia del plan de premios y, como es lógico, entregar acumulados más grandes aunque con menos frecuencia.

De entrada, si por desalentadoras he abandonado el estudio de las probabilidades en la versión anterior del Baloto, aquí ya no tiene ni caso intentar estudiarlas, a menos que el aún desconocido plan de premios otorgue algún aunque existe al menos beneficio por acertar la combinación principal sin el número complementario; pues la probabilidad de lograrlo es de apenas 1 en 962.598. Eso nos deja, usando la vieja ley del 80%, que el rango de combinaciones ideal estaría entre los siguientes intervalos:

  • Número 1: 1-11
  • Número 2: 2-20
  • Número 3: 12-32
  • Número 4: 24-42
  • Número 5: 33-43

Del mismo modo, la suma ideal de las combinaciones está entre 77 y 143. Hasta aquí recordando que esta ley del 80% se cumplió en el Baloto aunque el margen de combinaciones sigue siendo demasiado amplio. Y también hay que recordar que el número complementario cambia todo; al igual que en las loterías tradicionales donde la probabilidad de acertar el número mayor es de tan sólo 1 en 10.000; lo que dificulta todo es acertar además la serie.

Lo que llama la atención es que aún no aparece ninguna información al respecto en la página oficial del Baloto (sería bueno que la revisaran aunque sea para corregir el enlace a su cuenta de Twitter); tan sólo en volantes en los que anuncian los nuevos servicios de Vía Baloto se ha podido ver esta información. Estos cambios vuelven inútiles a partir de ahora cualquier análisis basado en las frecuencias de los resultados históricos; de aquí en adelante sólo queda esperar a la publicación completa del plan de premios para determinar si resulta interesante apostarle a la cabeza del ratón en vez de a la cola del león.

Ya se conoce el nuevo plan de premios del Baloto, del cual vamos a ver sus probabilidades:

  • 5 aciertos + complementario: 1 en 15’401.568
  • 5 aciertos: 1 en 962.598
  • 4 aciertos + complementario: 1 en 1’974.560
  • 4 aciertos: 1 en 123.410
  • 3 aciertos + complementario: 1 en 197.456
  • 3 aciertos: 1 en 12.341
  • 2 aciertos + complementario: 1 en 903
  • 1 acierto + complementario: 1 en 688
  • complementario: 1 en 16

Colombia y el dilema del tranvía

En términos simples, el dilema del tranvía es un experimento ético que ha sido enunciado de muchas formas, pero en resumen consiste en lo siguiente:

Un tranvía corre a toda velocidad hacia una bifurcación. El conductor no puede detenerlo, sólo puede elegir a qué lado va a continuar. Si continúa su rumbo, matará a cinco personas atadas a los rieles. Si elige la alternativa, matará a una persona atada a la vía. ¿Qué decisión debe tomar el conductor, sabiendo que matará al menos a una persona?

Antes de continuar, un video que se hizo muy popular en estos días muestra cómo reaccionaría uno de esos conejillos de Indias de la naturalidad de la ética llamados niños:

Más o menos es la situación en la cual se encuentra el pueblo de Colombia en medio del proceso de paz con las FARC. Acaba de firmarse un acuerdo entre ese grupo guerrillero y el gobierno nacional, que debe ser ratificado por el pueblo mediante plebiscito, mediante una tendenciosa pregunta de Sí o No (¿quién en su sano juicio diría No a la paz?). Esas son las dos opciones de un dilema del tranvía nacional, que ya han dividido a la opinión pública y que para unos u otros, no va a dejar de tener consecuencias.

De entrada, lo que se va a ratificar es una negociación con las FARC, no “la paz de Colombia” o el fin de una “guerra fratricida”, como han pintado lo que no ha sido más que una lucha entre una oligarquía corrupta incapaz de asumir el monopolio de las armas, y una guerrilla terrorista convertida en mafia del narcotráfico, en la cual quien pone los muertos siempre es el pueblo. Así como en el dilema de marras, la visión pragmática de “mejor que muera uno a que mueran cinco” se ha visto reducida a lo que ha dicho hasta el propio presidente Santos: mejor un mal arreglo que un buen pleito.

En nuestra versión del dilema, se supone que los colombianos deben elegir si ratifican este acuerdo o no. Por un lado, según los defensores del No, está la impunidad a los autores de crímenes de lesa humanidad, los privilegios políticos, la falta de claridad sobre los fondos del narcotráfico, Venezuela como ejemplo a seguir y demás panoramas dantescos. Por el otro, los defensores del Sí aclaran que si gana el No, se acaba el proceso, las FARC se rearman y la “guerra fratricida” continuará; sobre todo, con un poco de razones ad hominem, dicen que el mejor argumento a favor del Sí es ver quiénes defienden el No.

Yo he dicho antes que en Colombia va a ser imposible obtener una verdadera paz, por eso y por otras razones no me interesa votar. La llamada paz con las FARC no va a ser la paz de Colombia, como no lo fue con el M-19, por ejemplo; falta aún el ELN, los paramilitares disfrazados de bandas criminales, las mafias del narcotráfico y la delincuencia común, suponiendo que no se desmovilicen unos sólo para que ingresen otros:

Lo más probable, con todos los recursos que tiene a su favor (y que ha usado) el gobierno y toda la propaganda del buenismo, es que gane el Sí. Pero eso no obliga a llamar paz a la claudicación mutua de unos en imponer la justicia y el estado de derecho, y de otros de buscar el poder o forzar al Estado a respetar sus causas sociales (si las tuvieron). Sí, está bien que no haya más muertos, más secuestros, más cilindros, bombas, extorsiones ni otras “formas de lucha”, como tampoco que no haya más falsos positivos, terrorismo de estado o uniformados muertos que nunca fueron vecinos del parque de la 93.

Lo que no está bien es llamar paz a simplemente dejar de ver atentados o muertos en el monte. O hacer más apología de la redención, con curules directas, “penas alternativas” y otras demostraciones de que el delito en este país sí paga. Si por paz se entiende el respeto al derecho ajeno (y también el respeto al derecho), vamos a tener que esperar sentados. Porque al igual que en el dilema original, si la solución fuera simplemente la que menos muertos cause, no sería un dilema. Y ahora resulta que estamos en un tranvía que debe elegir entre impunidad y muertos, por cuenta de la incapacidad de imponer un verdadero Estado de derecho. Qué dilema.

  • P.S.: no han pasado 24 horas desde la firma de “la paz” y ya hay un primer punto de discordia: las FARC no se desmovilizan hasta que les firmen amnistía e indulto. Lo que se sabía desde el primer día.
  • Alias “Timochenko” ofreció perdón en lugar de pedir perdón por los crímenes de las FARC. ¿La gramática como declaración de intenciones?
  • Contra todo pronóstico, ganó el No, por poco más de 60.000 votos. Nadie sabe lo que va a pasar ahora; la hipótesis inicial es que las FARC se devuelven al monte y el proceso se acaba. Quien dijo que la democracia es sólo la “tiranía de las mayorías” no pensó que menos del 3% también hace una mayoría.

Los embajadores de la India

Una de las piezas más memorables de la idiosincracia nacional es una película de 1987 llamada “El Embajador de la India“, que narra la historia real de un avivato que se hizo pasar por el embajador de ese país durante varios días en 1962, explotando hábilmente la curiosidad por lo exótico y el servilismo ante lo extranjero, tan propios de los paisanos de la Colombia profunda. Si este hubiese sido el único caso en esta orilla del mundo, no pasaría de ser una anécdota; pero lo cierto es que cada año esta región llamada Occidente se inunda de una clase especial de embajadores de la India y su misticismo, que en el fondo no son más especiales que usted, yo o cualquiera.

No es tanto esa reverencia hacia lo extranjero que ha obligado a más de uno (incluso a nuestra policía de inmigración) a aprender que Nigeria es una república, sino la que obliga a ver que la India no es la tierra de la armonía y la paz espiritual. Aunque eso quieran vendernos, literalmente: la India es la sede de verdaderas multinacionales del yoga, la vida sana, la meditación y la paz interior, como si aquel país no fuera un gigante cliché de enfermedad, pobreza e idolatría de las vacas. El mismo país donde existe una pobreza causada por un sistema de castas y a su vez basada en un sistema de creencias (el hinduismo).

Desde el auge del movimiento hippie, y desde cuando los Beatles conocieron al Maharishi, la India además de incienso, exporta gurúes, santones y faquires, nacidos del afan de paz espiritual de los occidentales perdidos en el mundo material, y no tanto de que le sobre armonía y abundancia a los 1.200 millones de indios (casi la mitad de los cuales no han superado la pobreza). Dicen que “si los libros de autoayuda sirvieran, se habría escrito sólo uno”; y si aquello que nos quieren vender como la fuente de la felicidad sirviera, la India, con sus 500 millones de pobres, sería el país más feliz del mundo.

Repasando la lista de los nuevos embajadores de la India, se encuentran nombres como Sai Baba, acusado de burda prestidigitación cuando no de homicidio o delitos sexuales; Osho, que salía a pasear por las mañanas en Rolls Royces, Prem Rawat, quien pasó de gurú besado en los pies a vestir traje y corbata, el mismo Maharishi que usó y luego desilusionó a los Beatles, o el siempre entrañable Deepak Chopra, el físico cuántico sin licencia más famoso del mundo. Todos directores de negocios millonarios, conferencistas y autores de best-sellers, enriquecidos por el fracaso de la tradición judeocristiana como única vía conocida por Occidente hacia la realización espiritual* del ser humano.

Cada región donde exista una cultura ancestral le ha disputado a la India el monopolio de la sabiduría espiritual. Por cierto, la gran mayoría de información ecuánime en la web sobre este asunto está en inglés. En español, desde la Wikipedia hasta una sarta de blogs personales, son casi todo apología escrita por gente que sólo sabe decir “namasté” como si el sánscrito fuera una lengua cooficial. Sólo los blogs escépticos o los documentales sobre las sectas ofrecen una visión objetiva, que termina desmitificando a los iluminados que sólo son superiores al resto de los mortales en el tamaño de su cuenta corriente.

* Esta opinión de que cada secta es un fracaso del judeocristianismo en ofrecer respuestas reales y concretas ante la inquietud espiritual occidental, fue un comentario en el video sobre las sectas, subido por una organización católica, y que, oh sorpresa, fue borrado. Sin derecho de réplica, obviamente. Cuestionar el monopolio de la iglesia católica sobre la moral y la ética seguro fue lo suficientemente ofensivo.

No me interesa el escepticismo absoluto sobre el tema de la realización espiritual, pues equivaldría a aceptar que el ser humano es sólo un costal de órganos y hormonas, y que la vida es un acto puramente biológico entre dos respiraciones: la primera y la última. Sin embargo, sigue siendo necesaria la evidencia para aceptar que es posible una vida mejor ligada a una realidad superior, aunque sea algo que sólo se pueda comprobar en primera persona. Y de todos estos embajadores de la India modernos sólo es posible aprender dos cosas: que nadie va a encontrar afuera lo que debe buscar dentro de sí, y que nadie va a aprender nada siguiendo a quienes no son un ejemplo viviente de su propia enseñanza.

Pawn Sacrifice: érase una vez Fischer

Es la primera vez que escribo acerca de una película. No soy para nada cinéfilo, y puesto que no es ninguna opción pagar precios carísimos para rodearse de gente maleducada y contemplar la mediocre oferta del cine nacional, hace poco tuve la posibilidad de ver Pawn Sacrifice, el primer biopic dedicado a Robert (“Bobby”) Fischer, campeón mundial de ajedrez en 1972 y uno de los mejores jugadores de la historia.

Si la vida de Fischer merecía hace mucho una película, hasta ahora sólo se habían hecho documentales; el último de los cuales fue Bobby Fischer against the World, una camarilla de jugadores, incluido Kasparov, contando la historia de Fischer que todo buen aficionado ya debe conocer. Y en eso la película recuerda a otras biográficas como las basadas en la vida de Steve Jobs, que básicamente cuentan lo mismo desde los tiempos de Pirates of Silicon Valley. Uno supone que la película está dirigida al público lego en ajedrez, pero aún así resulta casi sarcástico hablar de soltar un spoiler.

La película es dirigida por Edward Zwick, de quien sólo he visto la bienintencionada El último samurai. La historia abarca la vida de Fischer (Tobey Maguire) desde que aprendió a jugar al ajedrez, hasta su disputa del título mundial con Boris Spassky (Liev Schreiber). Aún como ex aficionado al ajedrez, la película me parece interesante, pero después de leer la mejor biografía de Fischer a la fecha, se queda corta mostrando en 115 minutos los tres pilares en los cuales se supone que está basada: el rol de Fischer como peón del gobierno estadounidense contra la Unión Soviética, su paranoia enfermiza, y su obsesión con el ajedrez.

Sin pretender ser una película exclusiva sobre ajedrez, son pocas las escenas ajedrecísticas. Salvo el célebre error de Fischer en la primera partida (29…Axh2), la película pierde en comparación con otras muy célebres a la hora de mostrar la tensión propia de una partida de ajedrez. Por ejemplo, The Luzhin Defence, cuyo protagonista, además, expresa mucho mejor la obsesión de un hombre incapaz de ver el mundo más allá de un tablero.

Creo que hizo falta ilustrar más el punto de vista soviético de la “superioridad intelectual socialista” para justificar que EE.UU. involucrara a Fischer en tan desigual partida de la guerra fría. Las motivaciones de Fischer contra “los rusos”, tramposos por pactar resultados entre sí y sólo esforzarse contra los extranjeros, no eran las mismas de su gobierno, empeñado en derrotar a los soviéticos en su propio juego. La historia del “pobre chico de Brooklyn contra el imperio soviético” se reduce al duelo personal entre Fischer y Spassky, quien sólo se da cuenta al decir: “un hombre dispuesto a suicidarse tiene la iniciativa”. No sé por qué me recuerda un poco la frase: “no es un hombre, es un pedazo de hierro” que el villano ruso espeta en Rocky IV.

La personificación de Maguire es buena, pero no lo suficiente para convencer al espectador de la genialidad o de la paranoia de Fischer. Se le puede ver con una bolsa de papel en la cabeza o desarmándolo todo en busca de micrófonos, pero nunca el espectador se identifica con él como sí era posible con Luzhin o incluso John Nash. Ni se puede conectar a Maguire con el Fischer barbudo y desaliñado de las imágenes reales de la televisión islandesa con las cuales termina la historia, más de treinta años después. El resultado final no esta mal, pero cuando se hace una brillante película sobre un mediocre como Ed Wood y sólo se consigue algo aceptable con un genio como Bobby Fischer, es que Hollywood, en medio de su actual crisis de creatividad y rebuscando hasta en los viejos cuentos de hadas, tiene un problema serio a la hora de contarnos historias. Sobre todo aquellas que algunos ya conocemos mejor por otras fuentes.

Adendum: siempre que se plantea el debate de quién fue el mejor jugador de la historia del ajedrez y ronda el nombre de Bobby Fischer, termino recordando una frase: “Cualquiera puede escalar el Everest, sólo hay que dejar todo lo demás en la vida y dedicarse a ello”. Por eso, José Raúl Capablanca, sin ser tan temperamental ni fogoso, es considerado superior a Fischer. Porque alcanzó mucho antes el Everest, sin pagar el precio de vaciar su vida para satisfacer una obsesión.

Ajedrez, LoL y la definición de deporte

Se dice que hacia 1999, el ajedrez logró el reconocimiento formal como deporte por el Comité Olímpico Internacional. Este fue el origen de la redefinición del concepto de deporte, así como de las categorías en las cuales un juego puede ser considerado como tal. Y desde entonces se ha puesto de moda considerar casi cualquier cosa como deporte, bajo el pretexto de “si el ajedrez es un deporte, entonces el _________ también lo es”.

El primero de los juegos en llenar ese espacio en blanco fue el póquer, en su modalidad más conocida: el Texas Hold’em. Sin embargo, no hace falta la opinión del excampeón mundial de ajedrez Vladimir Kramnik, quien dijo que el póquer es un juego unidimensional comparado con el ajedrez, para ver que no todos los juegos son elevables a la categoría de deporte por el simple hecho de implicar un esfuerzo mental. O por tener sus propios campeonatos mundiales, como el parqués, dominó, Monopoly, etc.

El objetivo final de quienes buscan el reconocimiento deportivo suele ser el pajazo mental sueño de ver su actividad favorita en unos juegos olímpicos. El último punto de la discusión lo plantean ahora los videojuegos, en especial los multijugador de batalla como el League of Legends (LoL) y otros que gozan de una difusión multitudinaria, en eventos conocidos como e-Sports, que pretenden ser reconocidos como deportes. Y aquí es donde comienzan las preguntas. ¿Qué es un deporte? ¿Qué lo diferencia de un juego? ¿Todo puede ser considerado como deporte?

Si bien el ajedrez cumplía desde hace mucho con los requisitos exigidos a un deporte para ser reconocido por el COI, este organismo ni siquiera tenía una definición estricta de qué es un deporte. Esa tarea la había asumido SportAccord, la unión internacional de federaciones de deportes olímpicos y no olímpicos. Según SportAccord, para que una actividad sea un deporte debe cumplir con todos los siguientes requisitos:

  • Debe incluir un elemento de competencia
  • No debe confiar en ningún elemento de suerte o azar
  • No debe implicar un riesgo indebido para la salud o la seguridad de los participantes
  • No debe causar ningún daño a ninguna criatura viviente
  • No debe confiar el suministro del equipamiento a un solo proveedor

El primer punto es claro: hay una diferencia entre montar en bicicleta y una carrera de ciclismo. El segundo es la razón por la cual el póquer, que implica un alto componente de azar, no puede ser considerado deporte; así como los juegos que involucren dados, cartas coleccionables o cualquier otro elemento no previsible de antemano. El cuarto punto excluye a la caza o la tauromaquia, muy a pesar de los medios informativos que la incluyen en sus crónicas deportivas. Y el quinto debería excluir a videojuegos como el League of Legends, un videojuego sin federación, de propiedad exclusiva de su desarrollador (Riot Games), y que no se incluye dentro de las categorías descritas por SportAccord:

  • Principalmente físicos: atletismo, fútbol, etc.
  • Principalmente mentales: aquí se incluyen los acogidos por la IMSA: ajedrez, go, damas y bridge; el póquer y el xiangqi tienen un reconocimiento provisional
  • Predominantemente motorizados: automovilismo, ciclismo, motonáutica, etc.
  • Principalmente de coordinación: billar, arquería, etc.
  • Principalmente apoyados en animales: equitación, etc.

La principal razón para considerar algunos juegos como deportes es el marketing. Con excepción del póquer, ningún juego de mesa es capaz de lograr un cubrimiento televisivo en canales como ESPN, con las posibilidades económicas que eso genera (alguna vez ESPN transmitió el duelo de Kasparov contra Deep Blue de 1997, pero aparte de eso, el ajedrez en televisión es algo casi anecdótico). Es evidente que videojuegos como el LoL tienen un enorme potencial de audiencia televisiva, pero evidentemente segmentada. Los canales deportivos enfocados en los juegos predilectos de la generación del red bull serán al deporte lo que MTV es hoy al mundo de la música.

Para terminar, dos puntos. El primero, decir que algo es un deporte implica que a sus practicantes hay que llamarlos deportistas. No sé cual es el estereotipo del jugador de LoL u otros videojuegos, pero por alguna razón lo veo muy lejos del grado de excelencia física o mental, o del paradigma de esfuerzo, disciplina y superación que se esperan de un atleta o un artista marcial del cuerpo o de la mente. El segundo: para ser reconocido como deporte por el COI, el ajedrez tuvo que implementar una política antidopaje. ¿Puede esperarse lo mismo en un mundo que gira alrededor de una pieza de software susceptible de reprogramación?

“¿Es la religión judeo-cristiana responsable de la crisis ecológica?”

(Nota: el título va entre comillas porque no corresponde a esta entrada, sino al artículo de Andrés Alvarez Martínez, publicado en este enlace)

Las redes sociales se han vuelto una forma tan práctica como poco útil de creer que podemos revolucionar el mundo haciendo un clic. Así es como uno termina siguiendo cuentas de muchos ciberactivistas. No sé si fue por devolver un follow en Twitter que terminé siguiendo a @Aidaespanol, pero por responder a uno de sus tweets ahora ambos tenemos un seguidor menos.

(Actualización: “Houston, tenemos un problema”. Ahora resulta que mis tweets sí aparecen en la cuenta @Aidaespanol, que acaba de seguirme en Twitter, lo que significa que los había seguido por cuenta propia. En fin.)

A raíz de la encíclica del papa Francisco Laudato si, da la impresión de que, por primera vez, el líder de la fuerza moral dominante en occidente pone de manifiesto su preocupación por la ecología y el medio ambiente. Entonces, al recibir el tweet de marras, recordé que había leído un artículo de Arnold Toynbee sobre el tema, que resumía la idea de que la destrucción ecológica por parte del ser humano tenía como causa nada menos que la interpretación religiosa del “creced y multiplicaos”. Y al buscar, no encontré el dichoso artículo sino uno aún más extenso, titulado “¿Es la religión judeo-cristiana responsable de la crisis ecológica?”, que incluye también lo dicho por Toynbee.

El tweet enlaza a un artículo del blog de la AIDA titulado “Dios es ambientalista, ¿y tú?”. Como la pregunta es provocadora (y como suelo responder una pregunta con otra) mi respuesta fue el título de este artículo y el enlace al original en pdf. Y en aras de la libertad de expresión con la cual cierra el artículo de la AIDA, mi tweet fue borrado. Por eso quiero retomar mi respuesta aquí.

Sobra decir que el concepto de dios es una aberración. Bastante tiene ya el mundo con la imposición de un dios omnipresente excepto en presencia del mal, omnisciente excepto para ver las consecuencias de su propia creación, y omnipotente excepto para detener la destrucción de su presunta obra. Ahora resulta que la causa ecologista tiene que apelar a esa misma idea para disminuir la destrucción medioambiental por las mismas razones que hacen de la religión un sistema de control social: no por comprender que la destrucción del entorno en un sistema cerrado redunda en la propia destrucción como especie, no por entender que el daño al planeta se traduce a la larga en daño a nosotros; no por razones nacidas de la inteligencia y la comprensión, sino de aquello que algunos llaman “temor de dios”.

Ya sea por la interpretación literal del Génesis, que define al hombre como “rey de la creación” y coloca al mundo a su servicio, ya sea por considerar herejía el panteísmo y la adoración de la naturaleza, lo cierto es que el respeto por la ecología no ha demostrado provenir, de ninguna forma, de la religion organizada. A diferencia del actual buenismo neohippie de abrazar árboles y adorar a la Madre Tierra, la cosmogonía y visión de la naturaleza como una sola fuerza de la cual nace la vida era vista desde hace cinco siglos simplemente como pecado. Y este es el concepto clave: la prueba de que la ecología nunca fue importante ni siquiera para los papas del siglo XX es que destruir la “Creación” nunca fue un pecado. Sólo el papa anterior, Benedicto XVI, quiso convertir en pecado la contaminación ambiental, pero apelando a la misma razón equivocada detrás de la idea de pecado: no “ofender a dios”.

De hecho, el papa actual, Francisco, fue el autor de una frase con la cual se ha pretendido justificar la explotación minera en nombre de la palabra del dios sin nombre de los cristianos:

“El día del juicio final ante Dios, nos contaremos entre los que enterraron el talento dado y no lo hicieron fructificar. No sólo en agricultura y ganadería, sino también en minería”.

Esta frase (y citas como Génesis 2:10-12) fueron parte de un desesperado intento de algunas iglesias cristianas para justificar la explotación aurífera en el páramo de Santurbán (ver “El día que Dios respaldó la minería en Colombia”). Decían defender la minería legal y responsable, como si la minería en el páramo donde nacen las fuentes de agua de medio millón de personas no fuera una irresponsabilidad. Mientras los presuntos representantes de dios en la tierra no tengan que aprender a beber oro, está claro cuáles son sus prioridades.

Y no, la conclusión no es que quienes están en contra de la religión estén a favor de la destrucción del planeta. Ser ateo, agnóstico, animista o lo que sea no tiene nada que ver con respetar o no el ambiente. La religión sólo ha servido para controlar a la humanidad a través del miedo, y el ambientalismo basado en dios es una idea absurda e innecesaria. Si ha de protegerse a la tierra, mejor que sea por el fin de la ignorancia y la inconsciencia, que sea con ideas nacidas de la inteligencia, la ciencia, la tecnología, pero sobre todo, de la comprensión de que proteger la vida en la Tierra es parte de protegernos como especie. La Tierra ha sufrido cataclismos, glaciaciones y otras catástrofes, y la vida ha seguido. Y seguirá, sin nosotros o a pesar de nosotros. Una cosa es ser o no ateo, y otra ser tan estúpido como para creer que es buena idea apedrear el propio tejado.